21/07/2024

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«El pintor de Altamira medía entre metro setenta y metro ochenta, y pintó de rodillas»

«La vida contada por un sapiens a un neandertal» (Alfaguara), libro de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga y relato en la cueva asturiana de la Covaciella y publicado por La Voz de Asturias, este domingo 4 de abril.

En torno a una mesa bien surtida de un restaurante de Las Arenas (Cabrales), Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga planeaban una visita muy singular: la cueva de la Covaciella, en ese mismo concejo asturiano, un lugar donde hay importantes pinturas prehistóricas que no son accesibles al público; solo a investigadores.

Así lo cuentan Millás y Arsuaga en su libro recientemente aparecido La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara), donde dedican varias páginas al yacimiento asturiano. Acompañados de los investigadores Pedro Saura y Raquel Asiain, el escritor y el paleontólogo bajaron a las entrañas de la tierra «un miércoles cualquiera de noviembre».

La cueva, según les explicó Saura, es de la misma época que Altamira y forma parte como esta del listado de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 2008. Pero es desconocida para el público, puesto que su estado de conservación es delicado y no admite visitas. «Ya sabes a qué hemos venido», le dice Arsuaga a Millás, «a ver bisontes de hace catorce mil años». Y muy pocos ojos disfrutan de ese privilegio.

Dicho y hecho, después de unos huevos con torreznos, «llegamos a una especie de caseta de obras (…) En el interior no había nada, excepto una trampilla que daba acceso a la cueva, a la que se descendía verticalmente, como a lo más hondo de uno mismo, por una escalera de hierro muy resbaladiza», cuenta Millás.

Raquel Asiain advierte al escritor que se deje guiar por ella: «Comprendí enseguida que apoyarse en las manos era un eufemismo de caminar prácticamente a cuatro patas, pues el terreno, muy irregular, estaba lleno de entrantes y salientes (…) Cuando levantaba la vista, veía fragosidades de carácter orgánico, como las de la faringe de un ogro. Parecía una cueva hecha de carne, tapizada de amígdalas y barro (…)».

Siguen bajando hasta acceder a una sala a la que hay que subir por una cuerda de nudos, apoyando los pies en la pared. Y entonces, «se me apareció un bisonte hiperreal que llevaba esperándome catorce mil años, toda una vida», narra Millás. «El haz de la linterna lo abarcó primero en su conjunto, que me pareció poderosísimo, y luego fue recorriendo su contorno, en el que destacaban accidentes como el del rostro (extrañamente humano), los cuernos (delicadísimos), las barbas, la crin, las patas (tan elegantes), el ojo (muy dinámico)…».

Al escritor le «conmovió hasta el tuétano» estar en el lugar de un artista de hace 140 siglos. Pedro Saura encendió el foco que usan para fotografiar las pinturas rupestres y se apareció en su esplendor todo el conjunto: cuatro bisontes, tres de ellos mirando hacia la izquierda y otro separado por una grieta y mirando hacia la derecha. ¿Cómo pudieron conservarse tan bien?, pregunta. «La humedad carbonata las líneas y las fija a la pared», señala Asiain.

Artistas (prehistóricos) profesionales

Y vienen más revelaciones por parte de la investigadora: «quienes fueran los autores de estas maravillas eran personajes únicos dentro de su comunidad. Hacían a la primera unas cosas impresionantes. (…) El dibujo está hecho sobre un grabado previo y el grabado no se puede rectificar. Si te equivocas, el surco queda». Es decir, que en su opinión los artistas eran expertos, se dedicaban a esa labor. «Eran profesionales», corrobora Saura.

El autor habría tomado unas puntas de sílex para usarlas como buriles y grabar todo el perfil del animal en la piedra con un surco de un dedo de ancho. «Después cogió un carbón específico que no se da en el entorno de Altamira», carbón de pino que, por el análisis de pólenes «crecía en los Picos de Europa, lo que quiere decir que este hombre sabía obtener carbones que no se descomponían con fuego reductor. Hay líneas de más de un metro hechas de un solo trazo». Y hay que tener mucha destreza para hacer eso, puntualiza Asiain.

Y saben más cosas: que era un único autor, porque todos los bisontes están pintados siguiendo el mismo procedimiento: «Como la roca tiene textura, el carbón quedaba solo en una parte de esa textura, lo que nos proporciona datos objetivos sobre la dirección del trazo». Es un rasgo de estilo, como ocurre con la huella de un artista de nuestros días en sus lienzos.

Aún más: era un hombre. ¿No pudo ser una mujer?, pregunta Millás. «Hubo un silencio, me pareció que un poco incómodo, que Saura resolvió con una carcajada previa a la siguiente explicación: El pintor de Altamira medía entre metro setenta y metro ochenta, una talla muy alta para una mujer de la época. Pintó de rodillas, en algunos casos acostado» ya que el techo estaba más cerca del suelo que ahora. Existen trazos continuos, dice Saura, de 1,2 metros. «Era, pues, una persona alta y con los brazos largos. Era un hombre.»

Se adaptaban a la forma de la roca para conseguir relieves, pero eso tampoco es casual, a juicio del profesor: «Yo creo que ellos tenían una idea muy clara de lo que iban a dibujar». En cuanto al rostro humano de los bisontes, «la respuesta fue que no teníamos ni idea. Ignoramos -concluyó Saura- si esos dibujos eran una manifestación del arte por el arte, si se trataba de una actividad propiciatoria relacionada con la caza o estaban relacionados con la fertilidad. Podría ser un poco de todo, pero es magnífico que no seamos capaces de averiguarlo, que permanezca en el misterio».

Fuente: lavozdeasturias.es

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