Ricardo Martínez Isidoro (General de División): «China, la paz del Imperio (y II)»

En los años 50, a través de los embajadores en Varsovia , que llegaron a reunirse más de cien veces, se produjeron los primeros contactos informales con China; más tarde, a iniciativa norteamericana, se solicitó, a través de Pakistán, contactos al más alto nivel entre las dos potencias; tras un cierto desconcierto chino, y la respuesta positiva del Primer Ministro Zhou Enlay, China y Estados Unidos sembraron el germen para un futuro encuentro al máximo nivel entre sus Presidentes, Mao Zedong y Richard Nixon, que tendría lugar 20 años después de los primeros contactos en Polonia; un viaje secreto de 48 horas del entonces Secretario de Estado Henry Kissinger con un encuentro con Enlay, en China, dio como resultado el más provechoso contacto nunca previsto para el Imperio.
La idea clave, inicialmente norteamericana, fue “la necesidad de que la China posterior a la II Guerra Mundial, todavía en su convulsión revolucionaria, pudiera contar en el concierto de las Naciones”. La actitud inicial del país asiático fue de cierta perplejidad, pero al final Mao cedió y a través de Zhou Enlay, interlocutor precursor, se llegó a cristalizar un planteamiento mutuo del futuro encuentro, sobre unas propuestas de cada parte alrededor de los desencuentros detectados por ambos países, aspectos que serían la base de las negociaciones. Como es sabido, las conversaciones tuvieron lugar y se desarrollaron en los años 70 llegando a una serie de acuerdos que, en su día, merced a ellos y a las políticas chinas, desarrollaron el país comunista hasta los límites que conocemos hoy en día; con ello, China, el país milenario, el Imperio, salía del corsé de cierta humillación en el último siglo, de su creencia secular de constituirse el centro del Mundo, y de su larga marcha revolucionaria, y entraba en el concierto internacional, pero había una constatación, China sabía negociar, y quería negociar, aunque el temor a una Unión Soviética expansionista jugara su papel a favor de Estados Unidos.

Desde el primer momento el asunto espinoso de Taiwan apareció en toda su crudeza; China no renunciaba a recuperar la provincia escindida y lo haría con todas las políticas pacíficas necesarias, aunque no descartaba el uso de la fuerza si estas fracasaban; Estados Unidos, sorprendidos todavía por la grandeza de lo logrado, aceptaron ese planteamiento como medio de progresar en la relación.

Es necesario destacar en estos primeros y apreciables contactos, la necesidad de China de romper con su aislamiento, la agresión importante y los estragos sufridos por la invasión japonesa, la influencia negativa y belicosa de la Unión Soviética en la Guerra Fría , con diferendos territoriales con China, la crisis de Indochina y la Guerra de Corea, donde China estuvo a punto de estar envuelta en un conflicto nuclear en sus proximidades, por su apoyo a los comunistas coreanos del Norte, y la salida de su revolución, no precisamente fácil, por sus purgas internas finales. Cabe destacar que el Imperio se planteó negociar una, prácticamente, “pax americana”, dentro de un gran pragmatismo y sobre todo porque de alguna forma se encontraba estratégicamente débil, a pesar de su grandeza.

Conocidos los datos, tan publicados, del desarrollo de la República Popular, el punto de llegada y la base de partida actuales para el futuro, difieren en gran medida de la situación de aquellos momentos iniciales; China se ha convertido en una superpotencia, superando a Rusia y equilibrando a Estados Unidos, y lo ha hecho utilizando sabiamente unas políticas basadas en el forzado consenso interior, con ausencia de dificultades políticas como las que se dan en Occidente, en la absorción de la tecnología occidental, como embrión de su gran desarrollo posterior en este campo, fruto de una gran formación de su juventud y de sus cuadros, muchos en Occidente, y, en ciertos casos, de sus operaciones de inteligencia, del gran impulso exterior a su producción de bienes, por la deslocalización empresarial y su aprovechamiento para hacerse imprescindible en las pequeñas cosas, como se vio en la pandemia de la COVID 19, etc, construyendo una economía que mantiene superávits en los intercambios con los principales países, incluido Estados Unidos, del que es principal acreedor; si a eso le unimos su gran despliegue exterior, con infraestructuras propias, con procedimientos logísticos que penetran en todos los núcleos de comercio importantes, con prontitud y asumiendo una calidad en sus productos, en otro tiempo deficitaria, podemos asumir la constatación de una paz económica ,profundamente meditada, “la paz del Imperio”, que ha sustituido, ampliamente, a la paz americana.

Es necesario incluir en estos progresos la aplastante realidad de que impulsos de este tipo tienen una estrategia general, que no son fruto solamente del buen hacer productivo y comercial. China ya demostró, en su momento más débil, en los años 50, su decisión sobre Taiwan, con sus ataques continuados contra las islas de Kemoy y Matshu, posiciones de vanguardia de la antigua isla de Formosa, en los años 50 ( 54-55 y más tarde en el 58), donde los Estados Unidos, apoyando a las fuerzas de la entonces República China, llegaron a combatir directamente contra las de la República Popular China, sobre todo en combates aeronavales, con una cierta ventaja inicial de la aviación comunista sobre la norteamericana, y un ambiente pre nuclear acusado.

La exhibición de fuerza que viene realizando Pekin, en torno a la recuperación de Taiwan, no es nueva, aunque sí es novedosa su actitud agresiva reciente, en lo que se refiere a la presencia indicativa de sus planes de invasión, comenzando por un bloqueo de la Isla, acciones sobre sus infraestructuras críticas, negación de sus comunicaciones, subvirtiendo los acuerdos no escritos sobre la mutua delimitación de territorios, y la posibilidad de que la ayuda militar norteamericana fuera puesta como objetivo de sus ataques, con acciones simuladas pero indicativas de una nueva actitud; podríamos admitir que la paz del Imperio se ha transformado en una “Paz Armada”, como supone también la ocupación y defensa de los archipiélagos que como un rosario interesan los derechos de otras Naciones.

La capacidad de negociar, con un trasfondo económico, se ha tornado en un interés demostrado por “ejercer” como potencia global en el ámbito geopolítico, como lo demuestra la acción diplomática conducida hasta el punto de hacer “conciliables” dos países profundamente adversarios, como Arabia Saudí e Irán, que pronto entrarán en la normalidad de sus relaciones; sin duda que ambos son suministradores, de primera fila, de petróleo y gas, hidrocarburos tan necesitados por la República comunista.

Esta salida de “su caparazón histórico”, recuperando el confucionismo, se permite arropar al líder omnímodo XiJinping para establecer un plan de paz para la guerra de invasión de Rusia sobre Ucrania, una de cuyas partes indirectas, en participación, toca la Organización Atlántica, liderada por los Estados Unidos. Sus doce puntos, dirigidos sin duda a la pacificación de ese peligroso conflicto, no dejan por menos de aportarnos algunas sensaciones de cierto aprovechamiento propio en sus propuestas.

Así, cuando se refiere al primer punto, respeto a la integridad territorial de los países, no cita a Ucrania, ni al Acta Final de Helsinki, posiblemente induciendo su soberanía sobre Taiwan e incluso la pertenencia secular del país invadido a la Rusia imperial. Su rechazo a una nueva Guerra Fría, favoreciendo la “seguridad de todos”, induce la necesidad de un nuevo orden en el que China se sentiría cómoda, a los efectos de su expansión económica, obviamente poyado por su gran red de socios en otros continentes en los que su penetración es profunda, como Hispanoamérica y Africa.

Propugnando el cese de hostilidades, aspecto inicialmente deseable, se ayuda más Rusia, que conserva lo conquistado, y facilita tiempo para prevenir la anunciada contraofensiva ucraniana. La llamada a resolver la crisis humanitaria y al mantenimiento de la seguridad en las centrales nucleares, es algo consustancial con cualquier propuesta de paz cuya inexistencia no daría credibilidad a esta. La reducción de los riesgos estratégicos, contra el uso de las armas nucleares, es una realidad en la Guerra de Rusia y Ucrania pero también en Indo Pacífico, donde se utilizaron por primera y última vez, y estuvieron al borde de su uso en Corea y la Indochina francesa, precisamente por el apoyo chino al bando anti occidental de dichos conflictos. La no participación de China en el tratado INF para la región, siendo potencia nuclear y detentando dichos vectores y cargas, representa también una nueva escalada de peligrosidad en la gestión de este tipo de armas.

Facilitar la exportación de los cereales ucranianos, el abandono de sanciones unilaterales, mantener estables la industria y las cadenas de suministro y promover la reconstrucción postconflicto, además de ser cuestiones fundamentales para favorecer el libre comercio y el desarrollo de negocio, son esenciales para culminar y mantener el desarrollo económico de la República Popular.

Es muy posible que China, con este plan de paz, en un asunto de trascendencia mundial, esté ya mostrando su gran papel futuro en el desarrollo de las relaciones internacionales, que el nuevo orden sea ya una realidad, por la vía de los hechos, y que Europa y Estados Unidos tengan que plantearse la llegada de este gran actor que ha emergido para quedarse, para implantar su Paz Imperial, ahora respaldada por un poder militar importante, y que Rusia, por primera vez en su historia reciente, quede cautiva del poderío chino.

Autor: General de División (Rdo) Ricardo Martínez Isidoro
Miembro de Asociación Española Militares Escritores. Abril 2023

Imagen: Xi-Jinping

Scroll al inicio