Jesús Argumosa Pila (General de División): «La fuerza de la razón o la razón de la fuerza»

«Desde la intervención militar de aliados occidentales en Afganistán hasta la reciente intervención militar estadounidense en Venezuela, pasando por la intervención militar en Libia y la invasión militar rusa de Ucrania … «

Después de los últimos acontecimientos que se han llevado a cabo a lo largo de 2025 y de los primeros días de 2026, la mayor parte de los medios de comunicación y de algunos expertos están utilizando términos como la ley del más fuerte o la paz a través de la fuerza, esta última especialmente relacionada con las diferentes declaraciones de la Administración Trump, que están apuntando una nueva forma de actuación o enfoque en el sistema de seguridad internacional.

A lo largo de la historia de la humanidad, los conflictos entre individuos, pueblos y naciones han planteado esta disyuntiva recurrente ¿debe prevalecer la fuerza de la razón o la razón de la fuerza? Esta pregunta no es sólo filosófica, es profundamente política, ética y social. En ella se juega la forma en que se organiza la convivencia, se resuelven los desacuerdos o se entiende el poder. La alegoría de la justicia suele presentar entre sus manos una balanza y una espada, simbolizando la razón y el derecho, y el poder y la fuerza.

Constituye una oposición clásica que plantea dos formas distintas de ejercer el poder. La fuerza de la razón se basa en el diálogo, el argumento, la lógica y la persuasión. La autoridad nace de la coherencia de las ideas y de su capacidad para convencer sin imponer. Conforma el ideal de la filosofía, la ciencia, el derecho y la democracia. Quién tiene razón no necesita recurrir a la violencia.

La razón de la fuerza prevalece en los imperios antiguos como el hitita, el persa o el romano, así como en los imperios coloniales donde el dominio se sostiene en la superioridad militar. También impera en las actuales autocracias de Rusia, China, Irán o Corea del Norte en las que el poder se legitima por la fuerza y la razón se silencia o se instrumentaliza.

La fuerza de la razón avanza en la Revolución Francesa en la que la soberanía pasa de la fuerza del rey a la razón del pueblo, en los derechos humanos que intentan establecer principios universales por encima de la fuerza del Estado y en la caída de regímenes autoritarios muchas veces impulsados por ideas, discursos y legitimidades morales antes que por las armas. La historia muestra que la fuerza sin razón es inestable y que la razón sin fuerza es frágil. 

La razón de la fuerza se apoya en el poder, la coacción o la violencia para imponerse. En este caso algo se considera correcto no porque sea justo o verdadero, sino porque quién lo sostiene tiene más fuerza. Es frecuente en contextos de autoritarismo, guerra o abuso de poder. Una decisión se acepta no porque convenza sino porque no hay alternativa. En la historia también encontramos un conflicto constante entre estas dos lógicas.

En el análisis filosófico la fuerza de la razón representa la idea de que la verdad, la justicia y la racionalidad poseen un poder propio, capaz de convencer sin recurrir a la violencia. Para Platón y Aristóteles, la política justa debe fundarse en la razón no en la imposición. El buen gobierno es aquel guiado por el conocimiento del bien común. Para Kant la razón es universal y autónoma, una norma es legítima si puede justificarse racionalmente ante todos. En el pensamiento de Habermas, la legitimidad surge del consenso racional alcanzado mediante el diálogo, no la coerción.

La razón de la fuerza plantea una lógica opuesta: el poder se justifica por su capacidad de imponerse. Maquiavelo señala que el poder político no se sostiene solo en la virtud o la razón moral, sino en la capacidad efectiva de dominar y mantener el orden. Hobbes predica que sin una fuerza soberana la razón es insuficiente, el Estado se legitima porque evita la guerra de todos contra todos. En cuanto a Nietzsche, critica la idea de una razón neutral, muchas verdades son construcciones del poder dominante.

En estos primeros años del siglo XXI estamos asistiendo a una serie de acontecimientos en los que predomina la razón de la fuerza. Desde la intervención militar de aliados occidentales en Afganistán hasta la reciente intervención militar estadounidense en Venezuela, pasando por la intervención militar en Libia y la invasión militar rusa de Ucrania, se ha actuado la mayor parte de las veces violando el derecho internacional y obviando la fuerza de la razón.

En particular, las dos intervenciones más recientes, la invasión militar rusa en Ucrania y la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela constituyen una clara utilización de la razón de la fuerza. Bien es cierto que estos dos casos son completamente distintos en cuanto a las razones políticas que han utilizado Rusia y Estados Unidos. La justificación de la invasión rusa contra un país democrático ha sido siguiendo simplemente la doctrina del espacio vital de Ratzel ocupando nuevos territorios en tanto que la de Estados Unidos ha sido para capturar al líder de una dictadura sanguinaria con independencia de que también persigue hacerse con los recursos del país atacado.

Lo peor de estas dos últimas intervenciones militares es la tendencia que se está fraguando en el panorama geopolítico internacional de que el empleo de la razón de la fuerza constituye una medida asumida por la comunidad internacional sin posibilidades de que se pueda impedir ya que el sistema de las Naciones Unidas no dispone ni de la capacidad militar ni de la voluntad política necesaria para cambiar dicha medida contraria a los principios universales defendidos por dicha institución.

Mientras que el bloque autocrático internacional – partidario de la razón de la fuerza – cuyos representantes más relevantes lo conforman China, Rusia, Irán y Corea del Norte, el llamado “cuarteto revisionista”, están política y estratégicamente unidos en su postura de cambiar el actual orden internacional establecido por Occidente, y liderado por Estados Unidos, el bloque democrático occidental se halla resquebrajado y en situación vulnerable.

Las democracias se fundamentan en la fuerza de la razón – leyes, deliberación, legitimidad -, pero necesitan fuerza coercitiva – policía, ejército – para sostener el orden, en tanto que el autoritarismo prioriza la razón de la fuerza y la ley se subordina al poder. El Estado de derecho intenta resolver la tensión sometiendo la fuerza a la razón. La fuerza legítima del Estado está regulada por leyes nacionales.

La sociedad europea tiene miedo no solo por lo que puede representar Rusia en una posible y probable victoria en la guerra en Ucrania y lo que puede hacer más adelante sino porque ha visto que Estados Unidos con Trump está en la misma sintonía que Rusia con Putin. Es decir, ambos países con sus respectivos líderes están apostando claramente por la razón de la fuerza. Este es el mayor peligro que acecha a la comunidad mundial, y en especial, a la Unión Europea en este inicio del segundo cuarto del siglo XXI. 

Es un hecho objetivo que la disyuntiva entre la fuerza de la razón y la razón de la fuerza define el tipo de sociedad que queremos construir. Si optamos por la razón de la fuerza, aceptamos un mundo regido por el miedo y la imposición. Si elegimos la fuerza de la razón, apostamos por la justicia, el diálogo y la dignidad humana. La verdadera fortaleza de una sociedad no se mide por su capacidad de imponer, sino por su capacidad de convencer, comprender y convivir.

La pretensión de Trump sobre Groenlandia, incluso amenazando con el uso de la fuerza si es preciso, confirma su inclinación por la razón de la fuerza. La cuestión de Groenlandia es un asunto interno occidental. Presentar ante el adversario la posibilidad de ruptura del vínculo transatlántico e incluso de la OTAN, constituye un error estratégico muy grave y catastrófico para las democracias y para Occidente, en general. Me quedo con la nunca perdida esperanza de que Trump recapacite, se olvide de la razón de la fuerza y acuda a la mesa de negociaciones.

Autor: Jesús Argumosa Pila. General de División, r. / Vicepresidente 2º de la Asociacion Española de Militares Escritores / Director de la Cátedra de Estudios Estratégicos del Instituto Europeo de Estudios Internacionales  (IEEI)

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