Carlos Rangel Moya: «Dios los cría y ellos se juntan en la Maestranza»

«Según la Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales, la asistencia anual a estos espectáculos se sitúa apenas en torno al 8% de la población»

La iconografía del poder, a veces, es más honesta de lo que sus protagonistas desearían. Recientemente, una fotografía ha comenzado a circular como un testamento visual de una España que se desvanece entre el terciopelo rojo y el albero: el Rey emérito, rodeado por una guardia pretoriana de toreros, listos para la liturgia de sangre en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.

Para quienes defendemos los derechos de los animales y apostamos por una sociedad libre de violencia gratuita, esta imagen no es una provocación, sino una paradójica bendición política. No hay mejor campaña antitaurina que ver a la «fiesta» abrazada a figuras que el sentir mayoritario de la España actual prefiere mantener en los márgenes de la relevancia pública.

La estampa es casi museística: en el centro, una institución que lucha por explicar su vigencia; alrededor, los ejecutores de un espectáculo basado en el castigo de un ser vivo para el regocijo de una grada ávida de una épica trasnochada. Al juntarse, ambos sectores creen reforzarse, pero en realidad están construyendo un «ghetto de nostalgia» que es la antesala de una Feria de Abril que cada año esconde peor la crisis de un sector que sobrevive, en gran medida, gracias al respirador artificial de las subvenciones y el apoyo de estamentos que se resisten al cambio social.

Se estima que diversas instituciones han inyectado millones de euros en subvenciones directas e indirectas para sostener la estructura de la Fundación Toro de Lidia y otros entes, una inversión que los sectores progresistas señalan como un soporte vital para una actividad que no se sostiene por sí misma.

La estrategia de buscar amparo en las figuras más cuestionadas de nuestra historia reciente es un error de cálculo fascinante que termina por identificar la tauromaquia con el pasado y alejarla definitivamente de la juventud y de los valores de progreso, sostenibilidad y empatía que definen el siglo XXI. Los datos son tercos y confirman esta desconexión: según la Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales, la asistencia anual a estos espectáculos se sitúa apenas en torno al 8% de la población, mientras que en los últimos 25 años la venta de entradas ha caído drásticamente, con una reducción de hasta el 75% en el volumen de espectadores reales.

Esta foto no representa a una «fiesta nacional», sino a una minoría asediada por la ética contemporánea que se refugia en el pasado para ignorar un presente que ya no los reconoce. Aunque la ley de 2013 blinda la actividad a nivel estatal, la tendencia geográfica es imparable: Canarias no celebra corridas desde hace décadas y en regiones como Cataluña o Baleares la actividad es prácticamente nula por falta de apoyo social.

Verlos a todos juntos en una misma foto es la confirmación de que el tiempo de la sangre y la destrucción está llegando a su fin por puro agotamiento moral. Si la tauromaquia decide que su último refugio sea el salón de un palacio junto a quienes muchos españoles quieren lejos, que así sea; en ese encuentro, solo confirman que su mundo es cada vez más pequeño, más silencioso y, por suerte para los animales, más irrelevante.

Nota editorial: Quienes deseen ver la fotografía de referencia mencionada en este artículo pueden hacerlo a través del siguiente enlace oficial del Diario ABC.

Autor: Carlos Rangel Moya / Presidente de la Unión de Profesionales Progresistas ( https://dialogosprogresistas.blogspot.com/ )

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